ARROZ CON HUEVOS

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      Edgar Victoria Gonzalez

 
 

Elogio del arroz con huevo

Es un plato que no lo inventó nadie: lo inventamos cada vez que lo preparamos.

Es plato de soltero, de separado, de echado de la casa, de vago, de bien y de mal casado, de ocupado, de enemigo personal de la comida de muchos trinchetes, de facilista, de sujeto escaso de equipaje en materia gastronómica. De perezoso, de informal, de cómodo, de no me jodan con comidas fusión. Porque el matrimonio de arroz con huevo es el mejor casado de cereal con proteína, un nutriente perfecto.

 Me gusta porque se puede “maridar” con vino, chocolate, café, agua; porque se deja acompañar de arepa o pan, y se le puede vaciar un frasco de salsa de tomate y sabe mejor. Porque se puede comer con cuchara o tenedor, porque la yema del huevo que queda esparcida en el plato se puede recoger con la arepa (ojalá con el pan); mejor todavía, con el dedo.
 
Porque no tenés que ponerte a lavar harta loza, porque quita el hambre, no engorda, no enflaquece, porque el arroz es del carajo, así sea solo, frío o caliente. Porque la exigente fauna de los dietistas no tiene nada contra el arroz con huevo. Porque se puede comer frito, “arroz a caballo”, o revuelto con el huevo, porque es el plato colombiano más popular.
 
Porque nadie le ha hecho un poema, porque se puede mezclar: una vez comés arroz con huevo, otra vez huevo con arroz; porque pueden ser dos los huevos.
 Porque estéticamente esa mezcla se ve bien sobre el plato, porque está listo en par patadas, porque es barato (hasta Bill Gates lo puede comer), porque uno lo aprende a preparar sin haber ido a la universidad. Es plato de analfabetas culinarios. También el Papa lo puede preparar en la claustrofobia de su celibato.
 
Me gusta porque la gente se nos burla en la cara cuando confesamos que nos gusta ese plato, porque sin arroz no hay paraíso. Porque no enferma, antes te alivia de alguna maluquera. Porque cuando estamos enfermos o de mal comer, allí está la solución, porque es un plato que no lo inventó nadie: lo inventamos cada vez que lo preparamos. Porque nunca sabe igual.
 

Porque no lo deja a uno lleno, ni lo pone directo. Porque sabe igual de sabroso a cualquier hora del día, pero sobre todo en la noche, pues nos vamos a roncar sin hambre y con el buche ligero.