LA HISPANIZACION DE LA FLORIDA

  PARA REGRESAR A LA PRIMERA PAGINA DEL NOTILOCO CLIK AQUI

Daniel Morcate

Una vieja frase del inefable Tom Tancredo, ex representante republicano de Colorado, se me adhirió a la memoria como una lapa. "Miren lo que le sucedió a Miami", dijo en noviembre del 2006, "se ha convertido en un país del Tercer Mundo. Trasládala a cualquier otro lugar y nunca te enterarás de que estás en los Estados Unidos de América".
 
Ya podrán imaginarse cómo se les habrá indigestado el desayuno a Tancredo y a otros de su ralea al enterarse de los datos recientes del Censo. Estos revelan que, poco a poco, la Florida entera y no sólo Miami se está hispanizando, lo que constituye el verdadero temor que inspiró el exabrupto del entonces congresista federal a quien algunos insensatos tuvieron la gandinga de organizar nada menos que un homenaje en nuestra ciudad cosmopolita, lo que demuestra que el odio también tiene sus cheerleaders entre nosotros. El homenaje, como recordarán, no llegó a celebrarse. Lo frustraron unas supuestas amenazas que nadie constató nunca y, sobre todo, la vergüenza ajena que a última hora sintieron incluso correligionarios del invitado. Pero el espíritu de Tancredo, que es el espíritu de la intolerancia y del miedo irracional a lo diferente, nunca ha dejado de rondarnos y pareciera estar creciendo de manera proporcional al auge de la población hispana de la Florida.
 
No debe de ser fácil para los Tancredos de este mundo el asimilar que casi un cuarto de todos los floridanos son hispanos ahora y que nuestra población hispana aumentó 60%, para situarse en 4,223,806, entre el 2005 y el 2009 impulsada por los nacimientos y la inmigración desde otros países y desde otros estados de la nación. Tampoco les debe de saber a jamón serrano el comprobar que nuestra población hispana es cada vez más diversa gracias al aumento considerable de los cubanos, los puertorriqueños y los mexicanos, aunque también de latinos de otras latitudes –de Colombia, Venezuela, Argentina, Perú, Centroamérica– que, de hecho, constituyen el 8.2 % de la población estatal.
 
El desglose preliminar de las cifras del censo indica que la cantidad de cubanos en la Florida aumentó en 380,000 y se situó en 1,213,438. Esto corrige análisis previos que sugerían que la población cubanoamericana se había estancado. Y es un indicio claro de que la dinastía de los Castro, pese a las múltiples trabas migratorias que impone, continúa siendo un confiable promotor de uno de los éxodos más constantes en la historia de nuestro hemisferio. Uno de cada cinco cubanos vive hoy en el exilio. El desglose sugiere asimismo que un lustro de recesión económica ha acelerado la estampida puertorriqueña de la isla principalmente hacia la Florida. Nuestra población boricua se disparó en 365,000 y ahora es de 847,550. Además, 629,000 mexicanos han hecho de nuestro estado su hogar, en su mayoría inmigrantes humildes que trabajan en la agricultura, en la construcción, en los hoteles.
 
La explosión demográfica de los hispanos explica la reacción alarmada de quienes en la Florida impulsan duras medidas contra los indocumentados con el propósito inconfeso de frenar también el florecimiento de la población latina en general. Alimentada por la fertilidad familiar, la inmigración y su tradición milenaria, la cultura hispana se muestra fuerte y resistente, con una capacidad extraordinaria de coexistir de tú a tú con la cultura mainstream. Y esto, lamentablemente, infunde inseguridades entre muchos no hispanos. Nuestro liderazgo, y no me refiero sólo al político, tiene una obligación de contrarrestarlos trazando un panorama completo de la complejidad y riqueza de nuestra población hispana, de sus vicisitudes y sus logros, de sus necesidades y sus contribuciones.
 
Con el salto numérico llegan asimismo las responsabilidades. Una es la de defender nuestra imagen de quienes pretenden reducirla al absurdo de los prejuicios, como advirtiera el presidente Obama a hispanos destacados que se reunieron con él en la Casa Blanca hace unos días. Otra responsabilidad la tienen nuestros dirigentes políticos, sean de la extracción que sean, y es la de mostrarse sensibles a las necesidades perentorias de las distintas comunidades. La mexicana, por ejemplo, sufre un terrible desamparo debido a sus modestas condiciones de vida y la inefectividad de algunos de sus representantes que, todo hay que decirlo, reproducen aquí los prejuicios clasistas de su país de origen. Pero tal vez la mayor responsabilidad la tenemos cada uno de nosotros como residentes del estado y es la de participar de lleno en su vida cívica y política, confiando en que esa será la forma más eficaz de devolver algo de los que nos han dado nuestras comunidades y de acallar a quienes promueven una imagen deshumanizada de los hispanos.
elnuevoheral