CARLOS GARDEL

 

Hoy hace 24 años murió Carlos Gardel

Un recordaris de Oscar Dominguez

 

 

 

Un recordaris por Gardel, el día de su muerte… (Nota actualizada. Para que no digan que no se los advertí, el ladrillo tiene 2411 palabras…).
 
GARDEL: LA FIEBRE CONTINUA
 
Por Oscar Domínguez G.
 
Todos los años, en junio, Medellín se convierte en capital mundial de una enfermedad musical y nostálgica llamada gardelomanía.
Hasta los paisas de primer semestre saben que un 24 de junio, en predios del aeropuerto Olaya Herrera, se despidió Carlitos Gardel en un prosaico accidente de aviación.
Eventos culturales, musicales, etílicos, recuerdan el tránsito de esta vida mortal a la eterna del cantor cuya paternidad se disputan muchas patrias.
Hasta debajo de los pisapapeles aparecen testigos que juran que tienen en sus casas pedazos de los aviones que chocaron aquel lunes de 1935. Con tantos pedazos se podría armar una flotilla de aviones.
Todavía hay quienes aseguran que asistieron a las presentaciones de Gardel en la Bella Villa. O que estuvieron en su último concierto en Bogotá, donde cantó “Tomo y obligo”.
No faltará el paisa que asegure que le robó a Carlitos un autógrafo –y la billetera- para su egoteca. Alguna abuela centenaria debe conservar en su cachete sin bañar, un beso robado al Zorzal.
En el tradicional y popular Barrio Manrique, la Casa Gardeliana, el museo que perpetúa en el tiempo la memoria y la leyenda del recordado Nene del Abasto, practica esa especie de religión con guitarra y/o bandoneón que es “esa ráfaga”, el tango.
Junto con las canciones de cuna, lo primero que escuchábamos muchos habitantes de Medellín era la letra de un tango. O alguna españolería, un bolero de Gil, Navarro y Avilés, ( el Trío los Panchos), de los Romanceros, o de Los hermanos Martínez Gil.
Cualquier aprendiz de malevo, o un señor egresado de la Universidad – por ejemplo el excandidato Carlos Gaviria, tangófilo de primera fila, o el camarada Jaime Caicedo, afortunado cantante de tangos-, son capaces de recitar o de cantar “Cambalache”, “Uno”, “Malena”, “Cuartito Azul”… O “Volver” de Gardel y Lepera.
Fulanos que peinan -o peinamos- canas, también nos hacemos oír para contar que escuchamos tangos en la Calle 45, en Manrique, el Vaticano del Tango.
O que los primeros aguardientes que nos graduaron de “varones” nos los empujamos en los cafés de Junín con Maturín, en el centro de Medellín, o en los ya desaparecidos bares de Guayaquil. Con el permiso del señor Alzheimer recordamos cafés como el Armenonville, Rodríguez Peña o La Gayola.
Desde que murió Gardel, en Medellín todos los días es al mismo tiempo 11 de diciembre, día del nacimiento y 24 de junio, día de la muerte de Gardel.
 
LA LEYENDA CONTINUA
 
El mejor intérprete de ese editorial nostálgico con guitarra o bandoneón que es el tango, se llamaba Carlos Romualdo Gardes, según documentos que suelen resucitar por estas calendas. Carlos Romualdo – buen nombre para un titular de la selección de fútbol argentina- pulió su nombre como sucede con las sentencias de los hombres, al decir de Borges, y con el nombre de Carlos Gardel, penetró en la leyenda convertido en el Maradona de la canción ciudadana.
Claro que para que no falte nada en la leyenda, los hay que ponen en duda su existencia. O lo ponen a morir a los 44, 46, 50 años. O alegan que berrió por primera vez en Francia, Argentina, Uruguay. No falta la legión de fans que sostienen que Gardel no era hijo de Berthe Gardes la mujer que lo habría cuidado en su niñez. Poca literatura hay sobre su padre. En medio de tantas “verdades” todos coinciden en que Gardel “cada día cantar mejor”. A otros les da por tirar piedra.
Hace siete décadas el “zorzal (ruiseñor) criollo”, pasó por alto su enemistad personal con el avión - tan cerca de Dios y tan lejos del suelo- le dijo adiós para siempre a su Buenos Aires querido,  y se vino a cantar las penas y alegrías del amor a la parroquial y prolífica Medellín de los años 35 que entonces tenía 150.000 bípedos (hoy pasan de tres millones).
Cada vez que se cumple el ritual de echarle cinco al piano (traganíquel) en alguna cantina de la “Tangovía” del barrio medellinense de Manrique, suena una canción gaucha muy cerca del corazón de la estatua levantada en memoria de Gardel, nacido, según el “biógrafo” de turno, en Toulouse, Francia, en Buenos Aires, o en Tacuarembó, Uruguay.
 
YA QUE INSISTE, URUGAYO
 
Los más devotos “dueños” de Gardel no rebajan pinta en lo de su nacionalidad uruguaya. Buenos Aires se contenta con la fama de ser la capital eterna del tango, se lucra lícitamente de esa multinacional apellidada Gardel, y deja que los fans hagan el gasto y lo naturalicen argentino. O lo nacionalicen en 1923. Todos estos dimes y diretes en medio de la desoída recomendación de la “Academia porteña del lunfardo” de “sacar a Gardel de la anécdota”, algo imposible como se ve por los ríos de tinta que corren.
Francia prefiere esbozar una “certaine sourire” en esta polémica de telenovela. No se ven funcionarios galos reclamando paternidades, así Gardel hubiera estado “Anclao en París”, título de una de las tantas canciones que le dedicó y le cantó a la ciudad, muchas de ellas en un francés en cuya pronunciación se oye un rumor lejano de pampa. O de bife.
Los de la “tesis” uruguaya, agrupados en diversas razones sociales como “La Fundación Carlos Gardel”, los fundamentalistas gardelianos, “no achican la parada” y citan declaraciones del propio mito. “Nací aquí en Tacuarembó, lo que, por otra parte, por sabido, es ocioso aclarar”, le dijo Gardel a “La Tribuna Popular”, el 1º de octubre de 1933.
Y a “El Telégrafo”, de Paysandú, con fecha 23 de octubre del año de gracia de 1933, dos años antes de dar el adiós de pecho final, le declaró con inspirado acento: “Un artista, un hombre de ciencia, no tiene nacionalidad. Un cantante tampoco. Es de todos y, sobre todo, su patria es donde oye aplausos pero, ya que insiste, uruguayo, nacido en Tacuarembó”.
 
El paisa Luciano Londoño, tambor mayor en asuntos de tango- y de Gardel, por supuesto-, defensor de la tesis de la uruguayización, se lamentaba en una charla que “hemos llegado a la paradoja de que se les ha podido hacer los análisis de ADN a los restos de Petrarca (650 años después de fallecido), a los de Cristóbal Colón (500 años después de muerto), a los del Zar Nicolás II (85 años después de su asesinato), pero a los restos de Gardel, no se le puede hacer ese examen”.
 
MORIR EN MEDELLIN
 
Carlitos (¡) murió en el único sitio posible, Medellín, así haya sido en un prosaico lapsus aéreo en el que chocaron en tierra un avión F-31, de la empresa Sacco, y la nave “Manizales”, de Scadta. Nadie concibe a Gardel muriendo en otra parte distinta a la capital antioqueña donde sus restos permanecieron un tiempo antes de volar de regreso a casa.
En Antioquia, un buen porcentaje de su población fue levantada a punta de jaculatorias (el Corazón de Jesús era invitado especial a presidir la sala de las casas), frisoles, arepas y tango. Un paisa no le niega a nadie una exageración y una melodía de éstas. Así que la muerte de Gardel en su jurisdicción es apenas un detalle de coqueta “reciprocité” como dicen en la patria chica – bueno, es una de las versiones- del nuevo Valentino como lo bautizó Hollywood cuando le metió tango al cine que apenas se despojaba de su silencio mudo.
También hay coincidencia en que Gardel hizo la primaria y el bachillerato como cantante en la Argentina, siempre en compañía de “mi viejita”, con quien soñó compartir su gloria. Pasado el tiempo, Gardel es un Cid Campeador que sigue ganando batallas de amor y despecho con su voz en la que jamás se oculta el sol. De allí lo de “El Mudo” con que lo rotulan sus devotos.
En el barrio Manrique todo el mundo es gardelómano mientras no se demuestre lo contrario. Lo demostraron una vez unos muchachos que se dieron bala en desarrollo de una discusión sobre cuál era el mejor cantante de tangos. El saldo del entrevero fue de tres muertos y dos heridos. La peor parte la llevaron quienes votaron contra Gardel en ese tarjetón de la muerte. Encantado, Borges le habría puesto letra de tango a este episodio entre compadritos paisas..
 
También a Gardel se le tenía altar en las cantinas del viejo barrio de Guayaquil, un sector hoy maquillado para el goce pagano de la comunidad. Díganlo si no los desaparecidos bares, 9 de Julio, San Jorge, Tango Bar, Kennedy, Las Vegas, para no mencionar sino unos pocos, amén de los mencionados antes.
Exagerando algo – para eso se inventaron las hipérboles- en cada uno de los bohemios que frecuentaban esos “non sanctos” lugares había vida suficiente para ponerle letra y música de tango. Gardel, Santos Discépolo, Manzi, Piazzola (“Gardel hablaba como uruguayo”, aportó en sus “Memorias” uno que lo conoció) ..., se habrían dado allí un banquete de la madona.
Sorprende la vigencia de esta fiebre a cuarenta llamada Gardel, biógrafo afortunado de muchos amores. La víspera de su muerte había cantado su ultimo tango, que fue el primero que compuso: “Tomo y obligo”. Lo interpretó en La Voz de la Víctor, en Bogotá, el 23 de junio del año de desgracia de 1935. También había cantado “Sus ojos se cerraron”. Hizo énfasis cuando preguntó: “¿Por qué esa mueca siniestra de la muerte?”.
El bandoneón es una nostalgia que se arruga. ¿Será que se cumplió el postrer deseo de Carlitos de que al fin de sus días pudieran oír el bandoneón “entonando sus nostálgica canción?”.
.
 
EN LA TUMBA DE GARDEL (De mi diario de Buenos Aires)
 
Un fatigado tren nos lleva por 180 centavos a nuestro fúnebre destino, el cementerio de La Chacarita. En la taquilla de la estación Retiro un aviso invita a ahorrar tiempo. Eso quiere decir que hay que dar exacta la plata del pasaje. El viejo armatoste nos deja en un sitio despoblado. Al lado de la carrilera vemos a un grupo de recicladores que se dedican a matear. Es más, nos ignoran olímpicamente.
Carlitos Gardel nos espera, sonriente, desde su eternidad de bronce. “¡Qué solos se quedan los muertos!”. Sobre todo los lunes. En su mausoleo esquinero, el Morocho del Abasto está íngrimo solo. Mejor, así lo tendremos para nosotros no más. Nos graduamos de acaparadores. Lamentamos que la tumba de Evita Perón sea más taquillera que Gardel. “Debe ser por el día”, comentamos en voz alta, para “información” y desagravio del cantor.
No le falta a Carlitos su cigarrillo sin prender entre los dedos. Tiene otro, fumado ya por el viento. Placas de admiradores suyos, muchos de Medellín, le dan gracias por su arte. A estos agradecimientos, sumamos los nuestros. Somos de la tierra donde tuvo la coquetería de morir. Es una lícita forma de hermanarnos. “Igualado HP”, me dirá el Zorzal desde su sitio más allá de las estrellas.
Para un devoto del tango como el suscrito, visitar el mausoleo de Gardel es como si se me hubiera aparecido la Virgen. Los malevos del viejo Guayaquil o de Manrique deben estar celosos, envidiosos. Donde me vean, me sacan puñaleta. Como no hay música, intento tararear alguno de sus tangos. Arranco con “El día que me quieras”. (En el Mausoleo, deberían programar conciertos grabados en la voz del Zorzal. De nada por la idea).
El parsimonioso reloj se aproxima a las cinco en punto de la tarde, hora en que los muertos de La Chacarita se van a dormir dentro de su sueño eterno. Muchos colegas de Beppo, el gato de Borges, “blanco y célibe”, ronronean por la fúnebre pasarela. Ha quedado chuleado el encuentro con la leyenda.
 
Noche en la Esquina Gardel
 
Subimos al bus y de entrada “olemos” que hay mayoría europea. Nos recibe el golpe de ala, el sobaco huérfano de jabón, agua y desodorante. Nuestros primermundistas compañeros dirán que el agua es para regar las flores.
Instalados en la Esquina Gardel, en El Abasto, separan las parejas. Marido y mujer, fugazmente divorciados, se colocan frente a frente. No me tocó al lado ningún príncipe en decadencia. Tampoco me acompaña una actriz del cine porno en servicio activo.
A mi diestra mano, se “parquea” un ruso posperestroiko. A la siniestra, un gringo descomunal de Nebraska, casado con una mexicana diminuta, Evelinda. Con Richard me entiendo a punta de solitarios infinitivos suyos y de signos manuales míos. ¡Qué exquisito inglés hablan mis dedos!
Antes de ordenar la “cena” nos invitan a tomarnos fotos con las bailarinas. Vemos lo que viene (pesos por posar) y nos negamos. Las bellas nos desarman con sonrisas y el mazamorreo de caderas. Toca dejarse retratar con la sonrisa-no sonrisa que para estos casos guardamos en el disco duro. La foto costará 45 pesos (= 45 mil pesitos de los nuestros. Dimos papaya. Bueno, de eso también se trata la vida).
Los platos tienen nombres de tangos de Gardel. Mi señora se decidió por “Tomo y obligo”: Un salmón que no era tal. Salmón que se respete debe nadar contra la corriente y ser de color salmón. Éste era blanco. “Es un salmón enrazado en sierra”, comenta mi “dulce enemiga”.
Le metieron gato por liebre. Se lo hizo saber al mesero. El hombre se quejó del conejo gastronómico ante el chef. Segundos después trajo la sentencia inapelable: el salmón es salmón del océano Atlántico. Chef locuta…
Ordeno “Mano a mano” (empanadas), de entrada, y de plato fuerte, “Por una cabeza” (matambre de cerdo). De postre, “Anclao en París”
La función se ha iniciado con videos que recorren la historia del tango. Gardel monopoliza las imágenes. “Anclao” en gallinero, me toca mirar el show de lado. Termino la velada con tortícolis, a punto de estrenar mi Assist-Card.
El hollywoodesco espectáculo nos roba aplausos para diestros bailarines, cantantes que se creen reencarnaciones de Edmundo Rivero, y una orquesta en la que “sollozan” dos bandoneones.
El pianista nos hace recordar a Rodolfo Biaggi, “Manos Brujas”. Una bella porteña, con “voz de sombra”, nos alebresta con “Malena”.
El cantante líder es un plagio al carbón de Carlitos Gardel. Luce traje negro impecable, sombrero aguadeño gardeliano, despectiva forma de mirar - la misma de agarrar el cigarrillo- y pelo engominado, tieso como mano de santo. Mejor dicho a lo Humphrey Bogart.
También el tango es eterno, mientras dura. Regresamos a nuestra olorosa ONU, el bus, que nos devuelve al cambuche. Dormidos, Morfeo nos sorprende con serenata: “Mi Buenos Aires querido…”.
 
PARA REGRESAR A LA PRIMERA PAGINA DEL NOTILOCO CLIK AQUI