INDIGENAS SACAN SOLDADOS EJERCITO

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PRIMER TINTO

 San Google
 Hernando García Mejía
 Difícil encontrar un santo más milagroso que San Google y, sobre todo, más rápido en sus dones. Cualquier dato por raro, difícil o imposible que sea, San Google te lo pone de inmediato a la vista con un solo clic. Y no te regala una sola referencia sino muchísimas. Páginas enteras de referencias para que indagues y te regodees. Santo de imposibles, San Google hace de inmediato lo que no harían ni los más sabios, generosos y eficaces taumaturgos del santoral judeocristiano. De ahí que, desde esta columna, no vacile en proclamarlo no sólo mi santo preferido sino el santo de la posmodernidad, de la tecnología y de la globalización.
 A los escritores y columnistas San Google nos hace milagros de continuo. Está uno desarrollando algún tema y de pronto se bloquea u olvida el dato preciso y necesario. Mente en blanco, dedos suspensos, teclado en acuciante espera.
 “Carajo”, piensa uno. “¿Cómo es que se dice esto? ¿Cómo se llama el tipo? ¿En qué país queda eso? ¿Qué es lo que significa el asunto? ¿Qué título o grado ostenta el fulano? ¿Cuál es ese bendito autor? A ver, a ver, ese libro se titula…”.
 Tras impacientarse, rascarse la cabeza, sospechar del Alzheimer, el alemán que tanto nos aterra, no queda otra alternativa que la barra en dónde, muy gentilmente, atiende San Google. Clic y, ¡listo! San Google nos extiende con inmediatez relampagueante su bandeja de apetitosas ofertas.
 –¡Gracias, San Google!– exclamo yo, y agrego: – ¿Qué hiciera yo sin ti?
 Después, recordando el emblemático soneto de Luis Carlos López, hago mi gran declaración:
 –“Te quiero más que a mis zapatos viejos”.
 San Google nos facilita el trabajo y nos saca de apuros. Por eso propongo una oración en su honor y pido, no su beatificación sino su pronta canonización. Si va tan rápido la del turista Juan Pablo II, ¿por qué razón habría de tardar la de este singular benefactor de todos los picateclas del orbe ciberespacial?
 He aquí la oración que acabo de componerle. Recémosla, pues, bien agradecidos:
 –Bienaventurado y milagroso San Google, auxiliar de amnésicos y desinformados. Te damos gracias de todo corazón y te rogamos que no nos desampares nunca, a fin de que siempre estés junto a nosotros, iluminándonos, mostrándonos caminos y dándonos siempre los datos necesarios para nuestro ejercicio profesional.
 Oh, San Google querido: ayúdanos a acertar siempre en nuestras afirmaciones, a no errar ni confundir datos, a mantenernos siempre lúcidos y alertas, a ser objetivos y concretos para no arriesgar jamás nuestra credibilidad. Amén.
 Broche
 Umberto Eco acaba de darnos una inolvidable lección de autocrítica literaria: va a reescribir El nombre de la rosa, que considera su peor novela.